22 septiembre, 2025

Los contratos más allá del matrimonio en la pareja ¿son indispensables?

Alejandra Martín Michavila – Psicoanalista

Una de las formas más efectivas para gestionar el dinero dentro de una relación de pareja es mediante el establecimiento de acuerdos o contratos explícitos. Estos contratos pueden adoptar diversas formas y deben adaptarse a las necesidades, valores y dinámicas particulares de cada pareja. 

Lejos de ser una imposición rígida, estos acuerdos buscan generar claridad, equidad y una comunicación más honesta entre ambos miembros.

A través de un contrato, se pueden:

1. Asumir límites propios y del otro. Reconocer hasta dónde llega la responsabilidad individual y dónde comienza la del otro. Esto permite establecer márgenes saludables que respeten la autonomía y los recursos de cada uno.

2. Evitar malentendidos que faciliten el predominio de la agresión. La falta de acuerdos claros puede dar lugar a tensiones que derivan en conflictos. Un contrato reduce la ambigüedad, lo que disminuye la probabilidad de que surjan situaciones de control o violencia económica.

3. Dejar en claro la distribución de roles y delimitar espacios propios y comunes. Establecer quién se encarga de qué, y qué recursos o decisiones pertenecen al ámbito individual o compartido, ayuda a prevenir desequilibrios de poder y promueve la corresponsabilidad.

4. Explicitar realidades y aclarar proyectos personales. Muchas veces, detrás de decisiones financieras hay deseos, miedos o aspiraciones individuales que conviene poner sobre la mesa. Hablar de dinero también es hablar de futuro, de independencia, de identidad.

1. Se mantiene el rol de “quien no sabe, no puede, no entiende”. Esta postura facilita una posición de dependencia, ya que, al no asumir responsabilidad sobre el dinero, se evita también la carga de tomar decisiones, permitiendo que el otro lleve el control.

2. Se eluden responsabilidades, permaneciendo en el anonimato. No involucrarse en los temas económicos es una forma de invisibilizarse y de no asumir un lugar activo dentro de la pareja, lo que impide el crecimiento personal y del conjunto.

3. Se evita construir una legitimidad que socialmente ha sido negada. Para muchas mujeres, involucrarse en el poder económico puede significar transgredir normas sociales o familiares. No hacerlo puede parecer más fácil, pues así se evita el rechazo o la violencia que podría generarse por desafiar los mandatos de género.

4. Se evitan riesgos y exigencias personales. Participar en decisiones financieras implica asumir errores y aciertos. La autoexigencia puede generar temor al fracaso, por lo que algunas personas prefieren no participar, evitando así equivocarse o sentirse responsables.

Los hombres:

• No suelen ocultar el placer que les produce el poder derivado del dinero. El poder económico se vive abiertamente, como un símbolo de éxito, estatus y control.

• La culpa ante el control ejercido sobre la mujer puede transformarse en agresión. Cuando el hombre percibe que su control económico es cuestionado, muchas veces responde con hostilidad, reforzando mecanismos de dominación.

• No necesitan legitimar su participación en espacios de poder. A diferencia de las mujeres, los hombres tienen un acceso históricamente naturalizado al poder público y económico, por lo que su autoridad en estos ámbitos rara vez se cuestiona.

Las mujeres:

• Se sienten más familiarizadas con el “poder oculto”. Es decir, un tipo de poder que se ejerce en lo privado, en el ámbito doméstico, a través de la influencia emocional, la organización del hogar o el cuidado.

• Pueden ejercer el control mediante el reproche o la culpa. El poder no se manifiesta directamente, sino a través de dinámicas relacionales complejas, como los reclamos o el sacrificio emocional, que refuerzan vínculos de dependencia y sumisión.

• El poder oculto limita el acceso a espacios legítimos de poder. Al centrarse en el ámbito doméstico, muchas mujeres quedan excluidas de la toma de decisiones públicas o económicas, reforzando su marginación estructural.

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