Fabiola de la Parra, psicoterapeuta psicoanalitica.
Cada agosto se repite la misma coreografía: útiles escolares nuevos, chats de mamás activados, horarios que se reorganizan, loncheras listas desde días antes. Sabemos todo lo que hay que hacer. Lo que no siempre sabemos —o queremos saber— es qué hacer con lo que se siente.
El regreso a clases no es sólo un asunto de mochilas. Es una transición emocional que no aparece en el calendario. Se cierra una etapa de descanso (o al menos de menor estructura) y se abre otra con exigencias, separaciones y expectativas. Y como toda transición, conlleva una pérdida.
En los niños, esto puede vivirse como un duelo pequeño, pero intenso: duelo por el tiempo libre, por la cercanía con sus figuras de apego, por la flexibilidad del verano. También por el crecimiento: pasar de preescolar a primaria o de primaria a secundaria. A veces se deja atrás una maestra que marcó, a un grupo donde se sentían seguros o a una etapa en la que aún no se les exigía “madurar”. Son pérdidas que no siempre se ven, pero que sí se sienten.
Del lado de los adultos, también hay desgaste. No sólo el económico y logístico, sino el emocional: sostener el regreso propio y el ajeno. Contener la ansiedad que no se dice, los berrinches, el desgano, la culpa, la resistencia. La exigencia de “arrancar bien” cuando ni el cuerpo ni el vínculo están listos.
Winnicott decía que el entorno emocional de un niño no se construye sólo con palabras, sino con tono, gesto y atmósfera. Si el adulto se angustia y acelera, el niño lo absorbe, aunque nadie lo exprese. Y Philippe Ariès —en su trabajo sobre la construcción social de la infancia— recuerda que no siempre hemos sabido ver a los niños como sujetos con vida emocional propia. A veces los tratamos como adultos en miniatura: esperamos que entiendan, cooperen, se adapten, pero sin darles herramientas para procesar lo que eso implica.
Sabemos muy bien lo que se “debe” hacer, pero nadie enseña qué hacer con el enojo, el miedo o la apatía del niño que no quiere volver. No hay check list para eso.
Y es ahí donde aparece lo clínico: lo que no se nombra, se actúa; lo que no se sostiene, se desborda.
Volver a clases no es sólo regresar a la escuela: es también enfrentarse al deseo de quedarse un poco más en la pausa. Y eso, también, merece ser escuchado.
![]()













