Por Olivia Pilar Ruíz García
Ciudad de México, CDMX (dev.innonautas.com/).-Es verdad que nadie nos enseña a ser madres y, en muchas ocasiones, comprendemos a nuestras propias madres hasta que tenemos hijas o hijos. Y es que no basta lo que hayamos leído, estudiado o lo que nos hayan platicado sobre la maternidad, es hasta que lo vivimos en carne propia que descubrimos lo que verdaderamente se experimenta.
Es cierto que, para muchas mujeres, la maternidad trae consigo un sinfín de gratificaciones, sientes un amor inmenso que no se parece al de otros vínculos, te conectas de una forma muy especial en la que descubres muchas cosas de las que no sabías que eras capaz o que podías aprender. Sí, la maternidad está llena de muchas experiencias que maravillan, pero también trae consigo muchas otras de las que casi no se habla, o que se habla en círculos muy específicos, quizá con otras madres con las que experimentas empatía, confianza o seguridad.
Esas “otras cosas” de las que casi no se habla públicamente, aluden al agotamiento, al cansancio, el malestar físico, mental y emocional que implica la maternidad. Porque el maternar es altamente demandante y por ende agotador, existen momentos en los que simplemente desearías estar lejos, desaparecer por un instante, hacer algo distinto, tener tiempo para ti o poder delegar responsabilidades y obligaciones sabiendo que éstas serán cumplidas de manera cabal o tal cual como si las hicieras tú. Y la mayoría de las veces eso no sucede, solemos pensar que nadie hará las cosas como nosotras, ni con el mismo cuidado, la misma dedicación o con el mismo amor.
Aquí como en muchos otros aspectos, en la maternidad experimentamos “culpa”, esa sensación incómoda que en ocasiones nos hace sentir perseguidas e inseguras de nuestra propia maternidad. Y es que la “culpa” tiene varias conexiones; se relaciona con “el deber ser” que suele atribuirse socialmente a las mujeres y a la maternidad, pensamos que debemos “ser una madre devota, dedicada, incondicional, amorosa, presente, paciente, pero también productiva, activa, que no deje de preocuparse por sí misma, que cuide su vida social o de pareja y de paso, que procure no descuidarse físicamente”. Todo eso aparece como mandatos desde lo social, sostenido por muchas personas que conocemos o que pertenecen a nuestro círculo inmediato. Muchas personas opinan “Deberías hacer tal cosa…”, “Yo a tu edad…”, “Yo nunca…”, etcétera.
Y ahí estamos nosotras sorteando las ganancias, las renuncias y los desafíos que implica la maternidad. Algunas mujeres renuncian a un proyecto profesional o laboral para dedicarse a los hijos o hijas, sintiendo cierta nostalgia o añoranza por aquello a lo que se renunció; otras optan por brindar mayor espacio a su desarrollo profesional o laboral resignando un menor tiempo o presencia en el ejercicio de su maternidad, apoyándose de otras figuras para el ejercicio de algunas funciones y experimentando cierta culpa por ello; otras tratan de balancear ambas esferas aceptando la frustración que implica quedar un poco a medias en los dos lados.
Ninguno de los tres escenarios es mejor o peor que otro, ni debería estar sujeto a juicios, simplemente son posibilidades distintas y es que no hay una sola forma de maternar, hay “maternidades” y las maternidades también son eso, es sentirse imperfecta, insuficiente y en ocasiones frustrada. Y justamente a lo que debemos renunciar primero es a la idea de alcanzar una perfección que es enteramente utópica. Ninguna madre es ni puede ser perfecta, y lo mejor que podemos hacer es aceptar eso como una realidad.
Un psicoanalista inglés llamado Winnicott decía que las madres “no necesitan ser perfectas”, sino simplemente ser “suficientemente buenas” y ser suficientemente buenas implica:
-Hacer las cosas lo mejor que puedes y tratar de dar lo mejor de ti, sabiendo que muchas veces no estarás del mejor humor y eso también está bien.
-Si hay amor, aún las fallas que se presenten o en las que incurras, habrá oportunidad de repararlas si lo intentas.
Si existe lo anterior, las dificultades que hayan existido, las y los hijos podrán procesarlo, podrán ser autónomos e independientes, incluso hacerse cargo ellos o ellas mismas de lo que haya hecho falta, sabiendo que, si no hubo dolo de por medio, probablemente las fallas u omisiones respondían a las circunstancias. La mayoría de las personas hacemos lo que podemos, damos nuestro mejor esfuerzo con los recursos que tenemos, en las condiciones en las que estamos y con la historia de vida que tuvimos.
En realidad, las historias que generan mayor complejidad en los y las hijas, son aquellas vidas en las que existieron violencias, abusos, discursos de odio, de no deseo, o bien, casos en las que las madres se hallaron deprimidas, en condiciones de vulnerabilidad o que no hicieron por ellas mismas o por su salud algo que indudablemente necesitaban. Y aún en esos casos, el pronóstico es mucho mejor con la ayuda de un profesional.
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