Por Fernando Reyes Reyes
Placenta, pecho, matriz, vientre, regazo, sangre menstrual, líquido amniótico, seno, leche, abrazo, origen… Son algunas de las imágenes que, a lo largo del tiempo, han servido para trazar una orientación sobre la mujer. Formas que aparecen una y otra vez cuando tratamos de nombrarla, pero que también forman una red simbólica en la que su imagen queda, de algún modo, atrapada.
Desde el psicoanálisis, la mujer puede pensarse como una representación interna, compleja y cargada de sentido que se va formando en nuestra vida psíquica desde los primeros momentos de existencia. La mujer se representa desde la placenta, que es nuestro primer refugio, hasta las formas de cuidado, protección y alimento que la cultura ha ido asociando a la figura femenina.
En ese recorrido suele aparecer una confusión persistente en los pacientes de psicoanálisis: la idea de que mujer y madre son lo mismo; sin embargo, en un sentido estricto, no lo son. Aunque la gestación pertenece al cuerpo biológico de la mujer, la maternidad, entendida como función de cuidado y sostén, no está necesariamente ligada a un género. Ser madre, en términos simbólicos, puede entenderse como una función. Como toda función, puede ser asumida por distintas figuras: un padre, un abuelo, una cuidadora o incluso alguien sin lazo biológico con la persona que ha de ser cuidada. Romper la equivalencia mujer-madre permite desplazar la idea de que la mujer está naturalmente destinada a la maternidad. También abre la posibilidad de pensar que aquello que llamamos “lo femenino” no pertenece exclusivamente a las mujeres.
Freud señaló algo que en su momento resultó provocador: que el desarrollo psíquico humano no comienza con una identidad masculina o femenina claramente definida. En los primeros momentos de la vida psíquica existe una cierta indiferenciación sexual. Lo que sí aparece con claridad es el primer vínculo con la figura que cuida, que alimenta, que sostiene. Ese primer encuentro con lo materno (pensando en lo materno como el cuidado) deja una marca profunda en la organización del deseo. De ahí que Freud hablara de una bisexualidad psíquica originaria: una estructura en la que lo masculino y lo femenino no son esencias fijas, sino posiciones que se configuran en el desarrollo del individuo.
Quizá por eso el psicoanálisis propone pensarla también como una imagen, una imagen psíquica que cada sujeto construye a partir de su historia, pero también de las representaciones culturales que circulan en su entorno. Esa imagen se forma con fragmentos: el cuerpo, la voz, el gesto, la silueta, la mirada, el olor. Elementos parciales que intentan componer una figura total.
En ese movimiento surge también una de las primeras grandes escisiones de lo humano: la división entre hombre y mujer. Una separación que no sólo organiza la diferencia sexual, sino que también funda una gran distribución de roles sociales, imaginarios y narrativas. En cierto sentido, la mujer se convierte en uno de los primeros personajes que historizan la realidad psíquica.
Sin embargo, en ese intento constante por definirla ocurre algo paradójico. Mientras tratamos de comprender qué es la mujer, terminamos construyendo una serie de imágenes que la fijan, que la delimitan, que la reducen. La mujer queda entonces, de algún modo, secuestrada por las representaciones que hemos creado sobre ella; sin embargo, ese secuestro nunca es completo, porque cada mujer real aparece siempre desplazando esas imágenes, desbordándolas e introduciendo algo que no estaba previsto en ellas.
La dificultad para decir qué es la mujer no sólo habla de ella. También habla de nuestra propia dificultad para pensar aquello que, en lo humano, siempre permanece abierto e inacabado.
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