11 marzo, 2026

La mujer secuestrada

Por Fernando Reyes Reyes

Placenta, pecho, matriz, vientre, regazo, sangre menstrual, líquido amniótico, seno, leche, abrazo, origen… Son algunas de las imágenes que, a lo largo del tiempo, han servido para trazar una orientación sobre la mujer. Formas que aparecen una y otra vez cuando tratamos de nombrarla, pero que también forman una red simbólica en la que su imagen queda, de algún modo, atrapada.

Desde el psicoanálisis, la mujer puede pensarse como una representación interna, compleja y cargada de sentido que se va formando en nuestra vida psíquica desde los primeros momentos de existencia. La mujer se representa desde la placenta, que es nuestro primer refugio, hasta las formas de cuidado, protección y alimento que la cultura ha ido asociando a la figura femenina.

Freud señaló algo que en su momento resultó provocador: que el desarrollo psíquico humano no comienza con una identidad masculina o femenina claramente definida. En los primeros momentos de la vida psíquica existe una cierta indiferenciación sexual. Lo que sí aparece con claridad es el primer vínculo con la figura que cuida, que alimenta, que sostiene. Ese primer encuentro con lo materno (pensando en lo materno como el cuidado) deja una marca profunda en la organización del deseo. De ahí que Freud hablara de una bisexualidad psíquica originaria: una estructura en la que lo masculino y lo femenino no son esencias fijas, sino posiciones que se configuran en el desarrollo del individuo.

Quizá por eso el psicoanálisis propone pensarla también como una imagen, una imagen psíquica que cada sujeto construye a partir de su historia, pero también de las representaciones culturales que circulan en su entorno. Esa imagen se forma con fragmentos: el cuerpo, la voz, el gesto, la silueta, la mirada, el olor. Elementos parciales que intentan componer una figura total.

En ese movimiento surge también una de las primeras grandes escisiones de lo humano: la división entre hombre y mujer. Una separación que no sólo organiza la diferencia sexual, sino que también funda una gran distribución de roles sociales, imaginarios y narrativas. En cierto sentido, la mujer se convierte en uno de los primeros personajes que historizan la realidad psíquica.

La dificultad para decir qué es la mujer no sólo habla de ella. También habla de nuestra propia dificultad para pensar aquello que, en lo humano, siempre permanece abierto e inacabado.

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