para Ringo
para Simona
para Ramoncito
Dra. Ana Martínez Vázquez, – Psicoanalista
El duelo cuando se muere una madre o un padre, o aún más cuando fallece un hijo, se entiende perfecto y la sociedad nunca cuestiona que lo estés pasando mal. Los psicoanalistas tenemos teorías y modelos acerca de cómo manejar este duelo y de cómo ayudar a superarlo; sin embargo, no todo el mundo entiende el dolor que representa la desaparición de una mascota. Hablamos de mascotas perrunas porque son las que normalmente hacen un mayor vínculo con sus dueños, y los dueños con ellas. Al perder una mascota se producen tristezas y se rompen cosas que hay que reparar.
Una mascota perruna es incondicional, y verá por su dueño o dueña siempre; siempre sentirá alegría cuando se encuentren, y nunca habrá reclamos, aunque a veces si parecen querer decir que no están de acuerdo cuando se quedan mucho tiempo solos o cuando se quedan al cuidado de otras personas. Nos enseñan a “cuidar” a un ser vivo que por azares del destino llegó a nuestras vidas. La mascota es una compañera de rutinas porque su presencia hace que el día a día tenga un cierto orden. Hay que darle de comer y en muchas ocasiones hay que sacarla a pasear dos o tres veces diariamente. Las mascotas acompañan y reducen la soledad, y sus caricias aumentan la producción de oxitocina. Se piensa que son confidentes de nuestras tristezas, aunque en realidad hablar nuestros temas con las mascotas es como hablarlos con nosotros mismos, lo que también ayuda a sentirse mejor.
Cuando fallece una mascota se produce una tristeza profunda, y un desorden que no sabes cómo acomodar. Finalmente has vivido con ella durante muchos años, entre diez y quince. Experimentaste cambios en los que ella te acompañó de manera incondicional, pero ya no estará para acompañarte en las nuevas aventuras y eso produce desolación. En ocasiones hay culpa por pensar que no la cuidaste lo suficiente. El hogar se siente vacío y muy silencioso. Además, en muchos casos hay un sentimiento de incomprensión que se parece a la vergüenza. Vergüenza por sentirse mal por la muerte de una mascota, porque todas las personas que nunca han tenido una (que son muchas) lo ven como exagerado y no lo entienden. Nos encontramos con comentarios como “si sólo era una mascota, no exageres”, que nos invalidan los sentimientos de afecto y, en muchos pacientes, los acercan a sentirse ridículos.
La vergüenza es un sentimiento poderoso, como lo es el de la culpa. Freud se refirió a ella por primera vez en 1900 en su Interpretación de los Sueños, donde ya expuso implícitamente la tendencia a tapar y esconder afectos o deseos “por vergüenza”. La vergüenza es un estado afectivo que aparece cuando se siente expuesta la propia intimidad, en este caso, la intimidad asociada al dolor de perder una mascota, que es una intimidad relacionada con un sentimiento que no tiene valor universal en la sociedad. De acuerdo con Rosa Velasco, “los principales organizadores de la experiencia son los afectos, y la experiencia afectiva es regulada dentro de los sistemas intersubjetivos (entre sujetos)”. La diferencia es que aquí uno de los “sujetos” es una mascota y quizás por eso no cabe en las teorías psicoanalíticas, pero lo que se observa después de estas pérdidas es que hay un dolor profundo que hay que trabajar.
Cuando fallece una mascota se fragmentan cosas que hay que reparar. La primera de ellas es quizás la rutina. Es importante buscar una nueva ahora sin la mascota presente, pero sí con su recuerdo. Lo demás es tratar de no sentir vergüenza, y pensar que quien no entiende el profundo dolor que se siente cuando se pierde una mascota, no acepta el fuerte vínculo que se establece con ellas. Esto suele suceder en las personas que nunca han tenido el privilegio de tener una mascota, como lo tuviste tú que ahora sufres. Tu mascota te ayudó a formarte, y eso estará siempre contigo.
Sigmund Freud (1900). La Interpretación de los Sueños.
Rosa Velasco (2001). El sentimiento de sí: estudio de la subjetividad. Intercambios.
![]()












