Jaime Roberto Balderas, – Psicoterapeuta
Jalar el hilo del Día del Padre desde el psicoanálisis suele llevarnos al complejo de Edipo, una de las formas más conocidas para profundizar en cómo el hijo se ubica frente al deseo, el conflicto, la identificación y ese lugar paterno que ayuda a reconocer límites, separarse poco a poco y encontrar su propio lugar en el mundo. Pero no quiero empezar por la tragedia ni por la interpretación compleja. Prefiero partir de una pregunta más básica: ¿qué significa ser padre? Más allá de la comida familiar, la llamada o la foto vieja compartida en WhatsApp, ¿qué significa ocupar ese lugar en la vida de alguien?
Rara vez un padre llega diciendo “tengo miedo de no ser suficiente”. Sin embargo, en psicoterapia he visto que ese miedo puede aparecer de distintas formas: en el padre que trata su alcoholismo y teme transmitir parte de esa historia; en el que trabaja muchísimo, quizá convencido de que así podrá garantizar un futuro mejor para sus hijos; en el que guarda sus preocupaciones porque cree que proteger a sus hijos significa ponerse siempre al final. A veces se expresa como cansancio, culpa, irritabilidad, control, silencio o una necesidad abrumadora de proveer… y debajo de todo esto, puede existir una pregunta que vulnera: “¿estoy siendo el padre que mis hijos necesitan?”.
Buscar una respuesta a esa pregunta nos lleva a distinguir entre ser nombrado padre y ejercer una función paterna. Ser nombrado padre tiene que ver con ocupar ese lugar en la historia familiar como padre biológico, adoptivo, legal, padrastro o persona reconocida como tal. Ejercer una función paterna, en cambio, va más allá del título o del sexo biológico. Implica ocupar un lugar de referencia en el mundo interno de un hijo: en la forma en que aprende a sentirse cuidado, a aceptar límites, a separarse poco a poco y construir autonomía. Esa influencia puede ejercerse de maneras saludables que favorecen el desarrollo, aunque también puede aparecer de formas dañinas, rígidas o ausentes. En ambos casos, suele dejar huellas significativas.
Una crianza suficientemente sana necesita ternura, presencia y regulación emocional. También necesita estructura: alguien que ayude a tolerar frustraciones, diferenciar deseos de límites y salir poco a poco al mundo. Tradicionalmente, esta dimensión se ha asociado con lo masculino y muchas veces la ejerce el padre, aunque no pertenece exclusivamente a los hombres ni depende únicamente de ellos. Lo “masculino”, en este contexto, puede entenderse como una función simbólica y relacional más que como una cualidad biológica fija. Una madre, una abuela, un maestro o cualquier cuidador estable puede ejercerla cuando logra cuidar sin absorber, jugar con fuerza sin hacer daño, poner límites sin humillar y empujar hacia el mundo sin abandonar al hijo.
El psicoanálisis nos ayuda a entender que el padre puede dejar una voz interna. Freud lo pensaría desde la identificación, la ambivalencia y la norma; Lacan, desde el límite, la separación y la entrada al mundo simbólico (el mundo de las reglas, el lenguaje y los significados compartidos). A veces buscamos imitar esa voz. Otras veces intentamos alejarnos de ella. A veces seguimos discutiendo con ella por dentro. El padre también puede ser sostén. Desde autores como Winnicott y Bowlby, podemos pensarlo como una figura capaz de ofrecer calma, protección, juego y una base segura a la cual volver después de explorar. Tomando prestada la idea de Winnicott de “lo suficientemente bueno”, podríamos decir que un padre “suficientemente bueno” no necesita ser perfecto. Cuando reconoce errores, pide perdón y repara, también le enseña a su hijo que el amor puede sostenerse incluso después del conflicto, siempre que exista la posibilidad de volver, hacerse cargo y cuidar el vínculo. Cuando esa reparación falta de manera constante, algunos hijos pueden llegar a dudar de sus emociones, cargar culpas ajenas o confundir amor con sacrificio constante.
Durante años se habló de los padres como figuras secundarias en la crianza. Hoy existen investigaciones en psicología del desarrollo y apego que muestran cómo los padres influyen activamente en el desarrollo emocional, social y cognitivo. Algunas líneas de la neurociencia del cuidado también sugieren que la cercanía, el contacto, la sensibilidad y la participación cotidiana pueden transformar al propio padre, moldeando circuitos vinculados con empatía, motivación, protección y respuesta afectiva. Un hombre no nace sabiendo ser padre, pero puede irse volviendo padre en el acto mismo de cuidar. Es decir, la paternidad nace en una relación: sin hijos no hay padre. Cada hijo despierta en su padre algo nuevo: una responsabilidad, una historia previa, ciertos miedos, deseos y una forma particular de amar; pero esa relación no habita en el vacío. Cada padre aprende a serlo dentro de una familia, una época y una cultura.
En México, por ejemplo, la paternidad ha estado muy ligada a proveer, resistir y “sacar adelante” a la familia. Esta imagen puede hablar de esfuerzo y responsabilidad, pero también puede dejar silencios: padres que quizá expresaron el amor a través de su trabajo, aunque no siempre supieron estar o decirlo. Es por ello que hablar de un padre también implica mirar el mundo que lo rodea: la pareja, el trabajo, la economía, la familia, sus propios padres y las ideas de su tiempo. Todo esto influye en lo que un padre recibe, repite, transmite y está dispuesto, o no, a transformar.
La pérdida nos muestra otra capa de la paternidad. Perder a un padre suele ser perder también una forma de ser hijo. El duelo nos confronta con la idea de que alguien amado ya no está disponible como antes, aunque permanezca en la memoria, en los gestos heredados o en la forma en que miramos el mundo. Con el tiempo, puede aparecer otra transición difícil: cuidar al padre sin dejar de ser hijo. Cuando ese cuidado nace del amor, puede ser una forma legítima de cuidar el vínculo; cuando se vuelve excesivo, prematuro o cargado de culpa, puede convertirse en un doloroso cambio de roles. Cuidar no siempre significa ocupar el lugar de padre. La madurez también puede consistir en acompañar sin apropiarnos del destino del otro.
Después de hablar de presencia, ausencia, cuidado, pérdida y herencia, tal vez el Día del Padre nos deja frente a una pregunta más íntima: ¿qué hacemos con lo que un padre dejó en nosotros? ¿qué voz suya todavía me acompaña?, ¿qué quiero conservar?, ¿qué necesito transformar? Para quienes crecieron con un padre ausente, dañino o incapaz de cuidar, quizá la pregunta sea otra: ¿qué partes de esa historia decido no repetir y qué necesito construir por mí mismo para vivir de una manera más libre? Comprender a un padre no significa justificar daños. Hay ausencias que duelen y heridas que no desaparecen sólo por entenderlas mejor. Mirar con profundidad puede ayudarnos a reconocer lo recibido, llorar lo que faltó y elegir con más conciencia qué haremos con esa herencia.
Quizá, después de todo, no era tan fácil dejar al complejo de Edipo fuera de esta conversación. Aunque intentamos no invitarlo a la mesa del Día del Padre, entre límites, herencias, culpas, identificaciones y separaciones, Freud ya le había guardado su lugar. Por prudencia clínica y buen gusto familiar, Yocasta esta vez no pasó de la entrada.
Feliz Día del Padre a quienes llevan ese nombre y, sobre todo, a quienes se brindan con amor para ser padres más presentes y responsables, porque ejercer la paternidad desde la perfección es imposible, pero intentar construirla cada día desde el amor es conmovedoramente bello.
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