Dr. Manuel Acevedo G. Lic. Psicología
Actualmente es común ver en las noticias o presenciar directamente las inundaciones que han acontecido, no sólo en la ciudad, sino en distintas partes del país. Vemos los rostros de personas que ya no pudieron llegar a sus destinos, o peor aún, cuando el agua se lleva todo: sus casas, sus autos, su patrimonio.
Digo “todo” porque en esos momentos de crisis no hay más. También se inunda la mente; en esos momentos no sólo se inunda la calle, sino también se llenan de agua los pensamientos, las emociones, los recuerdos y la vida misma. Cuando el agua nos rebasa, más que una toalla, necesitamos a alguien que nos contenga y que sepa sostener lo que sentimos.
Por ello es importante instruirnos en los Primeros Auxilios Psicológicos. Así como existen socorristas para atender heridos físicos, también hay formas de ayudar cuando las heridas son internas. Eso es lo que hacemos en los PAP: una intervención breve y humana que brinda calma cuando todo parece un caos. No es terapia, es acompañamiento de primer orden frente al impacto que puede sufrir una persona en catástrofe o en una crisis.
En los ejemplos mencionados más arriba — una persona que ve cómo su patrimonio se lo lleva el agua, alguien que no sabe dónde está su familia o inclusive quien se queda atrapada en su auto bajo el viaducto inundado —: el cuerpo vive un trauma, aunque no se diga. Es entonces cuando importa la escucha, una vez que la persona está a salvo: preguntar si ya comió, qué necesita o si quiere llamar a su familia para avisar que está bien.
Desde el psicoanálisis, sabemos que no todo se puede decir ni resolver de inmediato, pero sí hay algo que es profundamente sanador: estar presentes sin ser invasivos, validando todas las emociones que se experimentan, ya que cada persona siente de manera diferente. Nosotros, como intervinientes, somos ese Otro que no huye del malestar del sujeto, no lo tapamos con frases de autoayuda, pero sí lo sostenemos; somos contenedores de su emoción.
Frases o preguntas tan sencillas, pero tan necesarias, como: ¿Estás bien? ¿Qué necesitas? abren la puerta a posibilidades de ayuda inmediata. Palabras que validan sin minimizar lo vivido, por ejemplo: Lo que pasaste es fuertísimo, es normal que estés sintiendo eso. Ayudan a que la persona tome conciencia de lo que pasó y encuentre fuerza ante ello.
El alma no siempre se seca como las calles. Por eso, si después de una crisis aparecen síntomas como insomnio, miedo o culpa, es necesario y sano buscar ayuda. Toda herida, tanto física como emocional, sana mejor cuando se atiende.
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