Ana Martínez Vázquez – Psicoanalista
Duelos y más duelos: dolores que se viven y se procesan, caras que se dejan de ver, trabajos que se pierden. Sigmund Freud habló de casi todo; también escribió sobre el duelo y lo unió con la melancolía. El duelo, como un proceso natural, saludable y deseable ante una pérdida; y la melancolía, como aquel dolor fijado en el objeto perdido, difícil de tramitar. Cuando leo esto de Freud, pienso que el duelo está relacionado con el renacer, mientras que la melancolía se vincula con la muerte, pues la fijación melancólica conduce a la depresión.
La mayoría de los duelos que vivimos —o que no podemos dejar de reconocer— se refieren a las personas que mueren o que nos dejan. Cuando la pérdida es una muerte, el duelo puede ser complicado, pero socialmente está acompañado de múltiples tradiciones que ayudan a transitarlo. Un ejemplo de ello es el Día de Muertos en México, con las maravillosas ofrendas que preparamos para invitar a quienes han partido. Cada Día de Muertos elegimos a los que queremos invitar a la fiesta y a quienes convocamos para que vengan del más allá: colocamos sus fotografías, flores de cempasúchil, su comida favorita y una vela. ¡Hacemos una fiesta con los muertos!
Distinto es el duelo que se experimenta cuando la pérdida es, por ejemplo, la de un trabajo. Imaginemos que nos despiden: “Señora Martínez a partir de ahora prescindimos de sus servicios”. Podemos imaginar el vértigo, la dolorosa sorpresa, la incertidumbre, el miedo: ¿y ahora qué hago? Entre todas esas emociones aparece la vergüenza, como un fantasma difícil de ver y de nombrar.
La vergüenza es una emoción compleja: se experimenta como una falta acompañada de humillación. También hay tristeza por la pérdida, pero cuesta reconocerla porque no se trata de perder a otro, sino de perder algo de uno mismo: un estatus que antes se tenía y que alguien arrebató, o una habilidad física que desaparece con la vejez.
La vergüenza duele. Una forma de atravesarla es reconocer que lo que sucede debe pensarse como un duelo. Yo le llamo el duelo de la vergüenza: duelo por la pérdida del trabajo, duelo por la pérdida de las habilidades físicas. Una vez reconocido este duelo, es posible aceptar las nuevas circunstancias y actuar en consecuencia, buscando fortalecer la autoestima que ha sido dolorosamente herida.
Para el duelo de la vergüenza no existe acompañamiento social. No hay ofrenda que valga, porque no pensamos en ponerle flores o una vela a la pérdida del trabajo o de la memoria. Sin embargo, para el duelo de la vergüenza sí existe el acompañamiento psicoanalítico. La labor es ardua, porque implica reconocer a ese fantasma y nombrarlo vergüenza. Pero no es necesario vivirlo en soledad.
El psicoanálisis puede facilitar ese tránsito. Como analogía, podemos pensar que acudir a terapia psicoanalítica es como ponerle una ofrenda a la vergüenza.
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